
Ni los héroes es un drama implacable que se desenvuelve en la intimidad de una vecindad cualquiera, situada en el corazón del México contemporáneo, donde la guerra contra el narcotráfico no es una metáfora: es un hecho que penetra hogares, cuerpos y conciencias. Saúl Enríquez pone el foco sobre la infancia rota de Agosto, un niño que intenta convertirse en superhéroe para salvar a su madre, mientras la realidad —llena de ausencias, silencio, violencia y abandono— le demuestra que en este país, ni los héroes bastan.
El universo que construye Enríquez es coral, complejo y profundamente humano: Marco, el padre frustrado y ausente; Carola, la vecina adolescente que busca amor donde solo hay necesidad; Raquel, la anciana lúcida y amargada que lidia con la desaparición de su esposo con Alzheimer; y Ramiro, el joven criminal atrapado por deudas que no puede pagar y decisiones que lo superan. Todos ellos orbitan la historia de Agosto, convirtiendo la obra en una suerte de tragedia nacional contada desde un edificio cualquiera.
El lenguaje es directo, cotidiano, poético sin adornos. Enríquez consigue construir momentos de enorme tensión —como el enfrentamiento con Ramiro, los disparos, la confesión de abandono, el retorno fantasmal del abuelo perdido— con la misma naturalidad con la que se sirve un plato de chayotes o se encienden unas velas de cumpleaños. La obra conmueve sin caer en sentimentalismos, e incomoda sin recurrir al efectismo: en Ni los héroes no hay mártires, hay sobrevivientes.
Una obra que confronta la guerra, la paternidad y la descomposición social desde los ojos de un niño
“Plasma el amor y la comunicación entre padre e hijo, quienes constantemente luchan por seguir adelante sin la presencia de la esposa y madre, que los abandonó y por tal razón están más unidos en las buenas y en las malas.”
Royal Court en México
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