
El hombre que quiso hablar con el presidente es un manifiesto teatral que oscila entre la sátira política, la ternura familiar y la crítica más feroz a los sistemas de poder. Escrita por Saúl Enríquez con precisión quirúrgica y humor brutal, la obra se centra en Jonás, un jubilado testarudo que se propone cumplir un único objetivo: hablar cara a cara con el presidente de México. En su cruzada lo acompaña Ezequiel, su nieto, que entre la incredulidad y el afecto termina embarcado en una travesía que los lleva de lo íntimo a lo mediático, de lo patético a lo heroico.
La dramaturgia se articula en escenas que combinan la memoria familiar con la maquinaria política. Lo que comienza como una anécdota casi doméstica —un abuelo que se niega a tomar sus pastillas— se convierte en una crítica mordaz al oportunismo, la corrupción institucional, la manipulación mediática y la banalidad del poder. El contraste entre la inocencia del deseo de Jonás (“solo quiero hablar con el presidente”) y la maquinaria cínica del sistema político produce una tensión constante entre lo absurdo y lo profundamente humano.
El humor es ácido, el lenguaje coloquial y feroz, y los personajes están trazados con gran humanidad. El final, poético y demoledor, lanza una pregunta al espectador: ¿de verdad tenemos algo que decir… y vale la pena decirlo? Enríquez logra que esta duda resuene no solo en el teatro, sino en la conciencia de quien observa impotente cómo los muros del poder son más altos que nunca, aunque parezcan hechos de aire.
Una crítica feroz al poder, el sistema político y la dignidad ciudadana.
Royal Court en México
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